TINTA Y VIÑETA

Aquellas tardes olían a chocolate de merienda y a tinta fresca. Para toda una generación, el fin de semana no empezaba con el timbre del colegio, sino con el crujido del papel áspero de los tebeos y el lomo desgastado de los cuentos infantiles. En el salón de la casa familiar, abrir el TBO era adentrarse en un universo, pasar las páginas con devoción, buscando las líneas cinéticas de los personajes que corrían tropezando o las intrincadas viñetas, como Mortadelo y Filemón. Al caer la noche, llegaba el momento de los cuentos de hadas, duendes y de bosques brumosos, encuadernados en cartoné con letras doradas ya gastadas por el roce de los dedos. Aquellos años del TBO, construyeron el refugio de la imaginación de miles de niños. Fueron los años en que el papel impreso se transformaba en una selva inexplorada, en un laboratorio de inventores chiflados o en el palacio de la mismísima Cenicienta o en Pinocho. Fue una maravilla de papel y aprendieron a soñar entre viñetas y leyendas.

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