LA LUZ DE OLIVIA
El sol de mediados de ferragosto tiñe todo con una luz dorada como sus playas, sus calles quietas y tardes largas. Sin embargo, este año el verano no se mide por el termómetro, sino por la luz que ha traído nuestra nieta de quince años con su visita. A su edad, el mundo suele estar lleno de prisa, de pantallas y secretos, pero su bondad no es una pose; se levanta por la mañana arrastrando un poco los pies pero con esa sonrisa intacta, limpia y generosa, que parece dar las gracias por el simple hecho de empezar un nuevo día. Hay una cierta ternura que nos envuelve; nos mira y escucha, en sus palabras no hay ironía, solo curiosidad limpia y un respeto profundo por nuestras historias, por las anécdotas mil veces repetidas que ella celebra como si fuera la primera vez. Comparte sus proyectos y sus alegrías cotidianas con una lucidez sorprendente, la belleza de mirar la vida con los ojos limpios. Su visita quedará guardada en nuestra memoria por su calidez, la dulzura de su sonrisa y el eco...