Limpia, limpia de nuevo, ni una mota de polvo. Las manos le temblaban cuando escuchó a un vecino hacer comentarios sobre un debate de televisión: "Sólo hablan de ellas, pero a los hombres también los matan. La violencia es violencia y punto". Ella miraba el pasillo oscuro. Su agresor no era un desconocido con un pasamontañas, su agresor conocía muy bien la contraseña de su móvil y el lado de la cama que a ella le gustaba ocupar. El peligro no venía de fuera, dormía a su lado, observaba sus silencios y justificaba su maltrato, sus golpes. No era una pelea de iguales en la calle, sino la crítica sobre su ropa, como se debía vestir; ella no era una persona con derechos; ella era una propiedad que intentaba escapar de su dueño. Cuando oía girar la llave en la cerradura, sentía esa frialdad familiar en la boca del estómago. Ella sabía que la estadística no era un accidente geográfico ni una cifra al azar en una pelea, era el eco de un hogar donde el miedo se llamaba amor.