VOZ CAUTIVA
El alba se derrama como un laberinto de líneas grises sobre el suelo de piedra dura. No hay delito en sus manos, solo el frío recuerdo de una libertad que parece un mito inventado. Los días no transcurren, se acumulan en el pecho como capas de polvo espeso. Un día tiene el sabor agrio del metal oxidado y el eco sordo de los cerrojos al cerrarse. Otro día llega sin nombre, arrastrando una luz pálida que apenas logra calmar los mudos muros que lo custodian.
El tiempo ya no es una línea, sino un círculo monótono donde sus propios pasos cansados repiten la misma partitura de aislamiento. Cada noche, apoya la frente contra los barrotes fríos para mirar el cielo recortado en cuadrados perfectos. Su inocencia es un fuego secreto que nadie ve, una lámpara encendida en el fondo de un pozo ciego. El mundo continúa girando, ajeno y veloz, mientras él se desvanece lentamente en la penumbra, convertido en un ser de sombra; aprende a contar la vida por el ritmo implacable de los candados.
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