EL ARTE DEL INSULTO
En el Parlamento la prensa contemplaba el hemiciclo. Se habían cambiado los argumentos por un arsenal de insultos, expresiones soeces y chabacanerías, se medían en decibelios y en vulgaridad. Un diputado con una En el Parlamento la prensa contemplaba el hemiciclo; se habían cambiado los argumentos por un arsenal de insultos, expresiones soeces y chabacanerías, se miden en decibelios y en vulgaridad. Un diputado con una mueca de desprecio llamando parásitos, delincuentes y gentuza a la otra bancada. Sus compañeros aplaudiendo con fervor, golpeando los escaños. En el turno de réplica, un tono arrabalero y despectivo, ataques personales y burlas sobre el aspecto y la vida privada de su rival. Un periodista recordaba cuando la política desmontaba la tesis del contrincante con datos y retórica elegante. La grosería se había institucionalizado. En la calle los ciudadanos discutían acaloradamente en la calle, mismos insultos degradantes que acababan de proferirse dentro del Parlamento. Los políticos habían dejado de liderar el país para dedicarse a envilecerlo, contagiando su vulgaridad a una sociedad que los imitaba sin saber que, al perder las formas, también se estaba perdiendo la democracia. de desprecio llamando parásitos, delincuentes y gentuza a la otra bancada. Sus compañeros aplaudiendo con fervor, golpeando los escaños. En el turno de réplica, un tono arrabalero y despectivo, ataques personales y burlas sobre el aspecto y la vida privada de su rival. Un periodista recordaba cuando la política desmontaba la tesis del contrincante con datos y retórica elegante. La grosería se había institucionalizado. En la calle los ciudadanos discutían acaloradamente en la calle, mismos insultos degradantes que acababan de proferirse dentro del Parlamento. Los políticos habían dejado de liderar el país para dedicarse a envilecerlo, contagiando su vulgaridad a una sociedad que los imitaba sin saber que, al perder las formas, también se estaba perdiendo la democracia.
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