RITMOS CUBANOS
El callejón de la Habana Vieja respiraba un aire espeso. En un club iluminado por luces de neón, sonaba la rumba, percusión nacida de la herencia africana, que dio paso a la elegancia del mambo. El piano que guiaba aquella locura era la figura de Chucho Valdés, mezclando el jazz con las raíces afrocubanas. El pianista terminaba entre aplausos ensordecedores. El ritmo bajó las revoluciones para dar paso a la cadencia más pura de la isla: el son. Compay Segundo, con su sombrero de paja y su eterna sonrisa acariciaba las cuerdas de su armónico. Con su voz de barítono, empezó a cantar "El Cuarto de Tula". De repente, una vibración eléctrica sacudió el club, una silueta envuelta en telas de colores brillantes con una peluca enorme, cruzó la entrada. Un grito colectivo. Celia Cruz tomó el micrófono y con una fuerza que levantó los techos de La Habana, soltó su grito de guerra: ¡asuúuuucar! La rumba, el mambo y el son se fundieron en una sola marea musical.
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