HEDONISMO
El CEO observaba la ciudad desde el piso 50, convertida en un tablero de luces; desde su piso perfumado con sándalo y aroma de champán, leía el informe trimestral que le entregaba su secretaria y le mostraba que estaba en caída. El CEO ni siquiera se giró, le fascinaba el reflejo de su propio rostro en el cristal. Querida, el mercado no cae, se reajusta a mi genialidad. ¿Cuántas personas tuvimos que recortar? Cinco mil, señor. La excelencia requiere sacrificio y es mejor cuando lo hacen otros. El CEO sonrió, sintiendo el placer hedonista de saberse intocable. Su enorme egocentrismo le impedía ver que las cifras rojas eran solo números en una pantalla, mientras que el sabor de las trufas, el caviar y la admiración de sus invitados eran la única realidad tangible. Mientras la fiesta alcanzaba su clímax, ajeno a las vidas desmoronadas abajo, sintió una profunda paz. La paz del que cree que el mundo existe solo para reflejar su propia grandeza, su propio ego.
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