CINCUENTA ANIVERSARIO
El mantel de hilo blanco tenía la misma mancha tenue de vino de hace años, aquella vez que discutimos por nada en medio de una cena fría. Hoy, sobre ese mismo mantel, brillan dos copas de cristal y una tarta con dos velas doradas que forman el número cincuenta. Cincuenta años, media vida medida en silencios largos, en puertas que se cerraron con un golpe seco y el orgullo que pesaban más que el plomo. Nos costó aprender que el egoísmo es una polilla silenciosa; se come la ropa buena, domingos al sol y planes de futuro, dejando agujeros por donde siempre se cuela el frío. Tantas veces preferimos tener la razón a tener paz. Tantas veces miramos de lado, incapaces de cruzar ese puente angosto llamado entendimiento. Somos dos náufragos que llegaron a la orilla por pura cabezonería, con las manos ásperas y el paso corto. A nuestro alrededor no hay un vacío absoluto. Hay destellos dorados que salvan ese balance oscuro, nuestra hija. Esa mujer fuerte y luminosa que un día fue una niña y hoy sostiene su propio mundo; ella es la veta más rica que sacamos de esta roca dura. Ese nieto con su sonrisa alegre y esa nieta tan bella con su mirada atenta que parece comprendernos mejor que nosotros mismos. Ellos son la mina de oro que excavamos a ciegas, a golpe de piedra y error. No supimos querernos bien del todo, nos faltó suavidad y nos sobró armadura. Pero en el fondo, de la manera en que nuestra nieta nos observa, o cómo nuestra hija nos mira con una mezcla de piedad y ternura, ese amor torpe que no tuvimos alcanzó para construir un refugio. Apagamos las velas, brindo por lo que nos faltó y por lo que, a pesar de todo, se quedó a nuestro lado.
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