TSUNAMI DE BABAS Y OLAS

El sol del Cantábrico iluminaba la arena fina de la playas vascas, transformando el paisaje en un patio de recreo para mi nieto Pol que, a sus 14 meses, descubría Euskadi con la intensidad de quien ve el mundo por primera vez. Le quitaron las sandalias para que sus pies probaran el frescor del mar desatando una desbordante energía, sentado en la orilla húmeda; su risa sonora competía con el murmullo de las olas que golpeaba con sus  manos. Sus padres compartían miradas llenas de complicidad y orgullo. Una pequeña ola avanzaba por la orilla y cubría las piernas del pequeño, pero él no retrocedia; al contrario, redoblaba su ofensiva de felicidad chapoteando con furor y alegría, descargando manotazos enérgicos contra el agua salada. El viaje por tierras vascas apenas comenzaba, pero en esa estampa de sal, viento del norte y manos infantiles batiendo el mar, el tiempo parecía haberse detenido en un verano perfecto.

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