BAJO LA SOMBRA DE PEÑACORADA
En el pueblo de La Mata de Monteagudo, el último rincón del municipio de Valderrueda y pegado a las faldas de la montaña, mi padre había nacido. Cada año, al llegar el verano, este pueblo se convirtió en mi refugio desde muy pequeño. Mis manos se manchaban de dulces moras silvestres, cogidas entre las zarzas del camino y trepaba sin miedo a los viejos manzanos, ciruelos y cerezos. El aire se llenaba con el polvo dorado de la era, con la trilla. El crujido de la paja y el paso cansino de las bestias marcaban el ritmo de la faena. Subirse al trillo mientras daba vueltas era un un orgullo para mí. Antes de que cayera la noche iba al corral y con un cubo con agua y hierba fresca daba de comer a los animales. Las vacas y las cabras esperaban y observaban con ojos tranquilos. Mi padre me enseñó el vicio de la montaña, que continúa hoy, y me ayudaba a preparar el siguiente curso del bachillerato. La infancia tenía olor a hogazas de pan recién horneadas, a manzanas y a tierra viva.
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