CANÍCULA INFERNAL

El calor de julio asfixia y quema los campos secos de Castilla y León y afecta a zonas de la Comunidad de Madrid, mientras el humo tiñe el horizonte de un rojo sucio. Desde la televisión, un líder político ajusta su corbata y sonríe con calma, asegurando que las alarmas sobre el clima son exageraciones y que los montes se limpian solos con la propia voluntad de la tierra. Afuera, las sirenas de los pocos camiones de bomberos disponibles rugen tarde por la carretera comarcal. Un vecino miraba desde el umbral de su casa cómo las llamas devoraban el olivar del abuelo que se había cuidado durante un siglo, un terreno abandonado a su suerte por recortes y la falta de prevención institucional. El fuego avanzaba sin piedad, impulsado por un viento caliente que ningún decreto ministerial ni discurso oficial podía apagar. La emergencia climática es un hecho respaldado por la ciencia, las actividades humanas y los datos globales.

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