LA MIA NONNA E I SUOI ANTENATI

A través de los ojos de mi madre y de los recuerdos heredados de su propia familia, conocí el sur de Italia; una Calabria indomable, de acantilados sobre el mar Tirreno y callejuelas empedradas llenas de historias. En cada uno de sus relatos, mi madre me transportaba a la tierra de mis ancestros. Me hablaba del azul intenso de las playas de Tropea, o del Parque de la Sila. En mi memoria, el viaje a Italia nunca fue solo una cuestión de mapas, sino un puente hacia sus raíces. Aquellos antepasados calabreses eran personas de carácter fuerte y manos curtidas, forjados entre el sol abrasador y la brisa del mar. Me contaba cómo la familia compartía recetas transmitidas de generación en generación, del aroma a tomate y albahaca, donde la comida era un acto de amor y de resistencia, de mantener vivas las costumbres. Cada vez que mi madre evocaba a su familia, me entregaba el legado de sus antepasados. Comprendí que esa herencia calabresa seguiría viva en mi propia memoria.

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