LA FIEBRE DEL ORO NEGRO

Bajo un cielo manchado de polvo y ceniza en La Guaira, Venezuela, el llanto de las familias contrasta con el estruendo de los equipos de emergencia que intentan salvar las vidas atrapadas. A miles de kilómetros de distancia, en la opulencia de Mar-a-Lago, el presidente Trump reflejaba en su rostro una absoluta desconexión con la tragedia. Mientras el suelo venezolano sigue temblando y se enfrenta a una crisis sin precedentes, el mandatario presumía de los millones de barriles de crudo que los buques estadounidenses siguen extrayendo. Con el ego por delante, desestima la catástrofe asegurando que, a pesar de que el seismo destruyó edificios, la nación sigue funcionando a la perfección y la gente feliz bailando en las calles. Su único desvelo no son las miles de víctimas y desaparecidos, sino que las grandes petroleras estadounidenses puedan reparar la infraestructura destrozada para seguir enviando el oro negro a sus arcas.

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