DESPERTAR ROJO CARMESÍ
Las calles de Buñol olían a pulpa fresca. La 'tomatina' comenzaba y un enorme camión avanzaba despacio por la calle estrecha, llevando miles de kilos de tomates maduros. La multitud rugía con fuerza; muchos no sabían bien qué hacían allí, pero todos empujaban. Los camiones descargaban los tomates y las manos aplastaban la piel roja de la fruta. El jugo volaba por el aire y chocaba contra las paredes blancas. Unos recibían un golpe blando en la mejilla. A otros, los tomates les estallaban en sus orejas. Todo se volvía rojo. La gente reía mientras el ácido quemaba su piel, eran como zombis alegres de una película de serie B. Una hora después terminaba y la plaza era un río espeso de pieles y semillas; quedaba un olor empalagoso. Las mangueras de los bomberos limpiaban el asfalto. Se lavaban las camisas en la fuente, mientras pensaban en la comida pisada y en las carcajadas de la gente. Muchos ya no recuerdan exactamente qué celebraban, muchos otros siguen sin entender estas fies...