LA CUMBRE TOCA EL CIELO
Haces cumbre, el primer impulso es respirar hondo, un aire tan puro que casi duele, un aire que sabe a libertad. Te das cuenta de que el verdadero desafío no es la montaña, sino tus propias dudas y limitaciones que dejaste en el sendero empinado. Te sientes pequeño ante la vastedad de los picos que se extienden hasta el horizonte, un mar de piedra. En esa pequeñez es donde puedes encontrar tu mayor grandeza. Miras hacia atrás y ves el camino, serpenteante y rocoso. Sientes una gratitud profunda por cada paso, por el sacrificio, por no rendirte cuando las piernas piden detenerse. En la cumbre, ya no hay prisa, no hay cobertura, no hay ruido, solo estás tú, la inmensidad y un silencio profundo. Cuando disfrutas de todo lo que se ve, entiendes que la verdadera cima no es el punto geográfico más alto, te llevas a casa un poco de esa inmensidad, una paz que te acompaña en tu rutina y al igual que esa montaña, puedes estar seguro ante cualquier tempestad.
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