SENDEROS DE AMISTAD
El aroma a pino fresco y el sonido de nuestras botas sobre la roca. Cierro los ojos y recuerdo aquellas mañanas frías, casi heladas, cuando la linterna frontal era nuestra única compañía antes de que el sol decidiera pintar la cima de color naranja. Íbamos un paso adelante, no solo en el camino, sino en el ánimo. Cuando las piernas gritaban que no podían más, cuando la altitud hacía el aire espeso y traicionero, entre todos compartiamos el agua, la comida y, lo más importante, la risa contagiosa, convirtiendo la fatiga en complicidad. Aquellas cumbres no eran retos físicos; eran nuestros santuarios. Recordar el silencio sagrado desde la cima, mirando el mundo diminuto allá abajo, me hace sentir que estamos cerca, que esa montaña nos hizo hermanos de aventura. Tener un amigo con quien compartir la magia de la naturaleza es un tesoro que el tiempo no borra. Gracias por cada paso, cada amanecer y cada recuerdo inolvidable que hoy vive en las montañas.
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