CACOFONÍA

Cerró los ojos intentando recordar el olor del pan recién hecho, pero solo olía a pólvora, tierra quemada y miedo, una cacofonía de metal desgarrándose. Los días eran una amalgama de tiroteos y noches sin sueño, donde el cielo no mostraba estrellas, sino drones. En medio de un cráter formado por un mortero, una pequeña flor amarilla había brotado, desafiando la desolación. Él tuvo un momento de delirio, creyó ver a su hija pequeña jugando a la pelota en la calle, libre de los gritos. La guerra, es esa locura donde los hombres olvidan cómo saludar por la mañana y cómo despedirse bajo las estrellas. La vida es la que se sentía en el pecho, no el acelerado latido de la adrenalina en combate. Cuando el silencio llegó, pudo apartar las manos de sus oídos, respirar hondo y recordar que la guerra es solo una interrupción atroz en la sinfonía de la vida cotidiana. Miró la pequeña flor amarilla que sobrevivía en el cráter y supo que la paz, aunque frágil, es la única fuerza que florece tras la destrucción.

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