LA CUESTA DE ENERO
Un papel brillante, arrugado, como un mapa de promesas rotas. Un santuario de ofertas y luces estridentes, ahora era el silencio. Días después de la ilusión, recogían los restos: cajas apiladas, plásticos, juguetes, montones de ropa. Testigos mudos de un frenesí que prometía felicidad y dejaba deudas y objetos innecesarios. Un montón de basura crecía en la calle, un monumento efímero a la gula consumista ¿De verdad necesitábamos todo esto? La magia se había desvanecido tan rápido como las rebajas. De repente, el timbre sonó, su vecino, un hombre mayor que llevaba una pequeña planta en una maceta, un esqueje de romero. "Feliz Año", dijo con una sonrisa cansada pero genuina. "Las fiestas terminan, pero la vida sigue. A veces, solo necesitamos algo que crezca". Ella tomó la planta, el olor a tierra fresca y a hierba la sacó de su letargo. Miró el romero y pensó que el verdadero regalo estaba en el pequeño brote verde que prometía el principio de un camino más simple.
Comentarios
Publicar un comentario