MADRID ME MATA ....
Llegó a Madrid con la maleta llena de sueños y una mochila de ilusiones. El primer mes fue una explosión de luz, museo del Prado, Thyssen, cañas, el metro que no paraba. La Gran Vía latiendo como un corazón gigante. "Aquí no hay tiempo para aburrirse", se decía mientras se perdía por Lavapiés, sintiendo el pulso de mil culturas, o se dejaba llevar por el eco de conciertos, y su pequeño piso compartido. Pronto se encontró con el muro de la realidad, el alquiler que se tragaba el sueldo, las horas en el transporte público eran un purgatorio diario y la sensación de estar siempre luchando contra la marea se hacía duro. Exigía sudor, paciencia, el calor del verano la ahogaba en asfalto y el invierno, seco, no calmaba su voracidad. Se sentía parte de la marea humana, extenuante, inexplicablemente viva. Sentado en un banco del Retiro, pensaba: "Madrid me mata, pero está lleno de experiencias y emociones". Era parte de algo vibrante, era agotadoramente hermoso.
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