HENRY MILLER. TRÓPICOS
El aire de Brooklyn olía a carbón, a sueños rotos y a esa libertad precaria que solo se encuentra en los márgenes. Henry Miller, o quizá uno de sus personajes, deambulaba por las calles, un espectro harapiento con energía vital. No buscaba nada en particular, sino la verdad desnuda, esa verdad que la sociedad puritana escondía tras puertas cerradas y sonrisas hipócritas. Sus ojos, viejos y sabios, devoraban el paisaje, la prostitución que se ofrecía bajo la luz amarillenta, los borrachos que mascullaban su sabiduria etílica al viento. Eran la miseria y la exuberancia fundidas en un mismo abrazo. Escribía sin tapujos, sin filtros, cada página de sus cuadernos era un grito, una risa obscena, una confesión brutal. París, Nueva York, el sexo como terapia, todo era sagrado. Sus "Trópicos" no eran geográficos, sino mentales, una inmersión en el infierno y el paraíso del ser humano, tan cerca de lo más bajo como de lo más sublime. Querían prohibir la vida, la que él plasmaba sin pudor, el caos hecho verbo.
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