OLIGOPLUTOCRACIA

Trump no gobierna un país, gestiona un reality show perpetuo donde él es productor, protagonista y crítico, arquitecto de su propia realidad. Una mañana, tras revisar tuits que dicta como verdades absolutas, decidió que la realidad no le gustaba. "Groenlandia está lejos", rugió a sus aduladores, "yo la quiero, es grande, como mi ego". Le explicaron que no estaba a la venta y su respuesta fue un gesto desdeñoso, autárquico. Su plutocracia se siente en la atmósfera y el mercado libre es un concepto pintoresco; él prefiere un sistema de lealtades, con cheques. La egolatría es el sol alrededor del cual gira su universo. Él es una marca, un dios de cemento y oro; toma su rotulador negro y reescribe el mapa. Al caer la noche, se sienta en el Despacho Oval, mirando las fotos de sus reuniones: "nadie lo hace mejor que yo", se susurra, mientras el mundo exterior, desconcertado, intenta descifrar si la locura es del líder o de un sistema que permite a un solo hombre autoproclamarse dueño del mundo.

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