LEÓN. VALLE DEL TUÉJAR
En las cumbres leonesas de mi infancia, el verano se ahogaba en la nostalgia. El aire olía a heno, a pan de hogaza, a pan rústico. La casa de mis abuelos, un puerto seguro en la falda occidental de Peñacorada.
Recuerdo el sol cayendo sobre los tejares, las manos de la abuela tejiendo la tarde y los cuentos al calor de una lumbre vieja, un eco que en el alma aún se refleja. Noches tranquilas, bóveda celeste estrellada.
Las verjas de la huerta, nogales, el portal en sombra, el murmullo del río que la sed nos cobija. Esa tierra marcaba el compás del regazo, un tiempo para el juego, un tiempo de migas y parloteo.
Se apaga ya el verano y llega el invierno, pero en el corazón de ese pueblo de León y en el hogar de mis abuelos paternos, aún guardo el eco de su risa, el sabor de mi ayer. Días pretéritos que no volverán.
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