C'EST FINI LA COMÉDIE
Pasó la Nochebuena, no con la placidez de las historias, sino con el frenesí de la entrega. Leo, exhausto, mira la avalancha de paquetes. Con el dron jugó cinco minutos. La bici eléctrica quedó aparcada. La estación meteorológica, aún en su caja. La gratificación fue instantánea, pero efímera, dejándole un sabor a vacío. Esa misma noche, su madre se sentó junto a la ventana. Afuera, la ciudad seguía brillando con un exceso de adornos, un derroche luminoso que contrastaba con la quietud de su hogar, ahora lleno de objetos que nadie necesitaba. El gato se acurruca en el felpudo, ajeno a toda la vorágine. La magia no está en el número de regalos, ni en su valor, sino en ese silencio compartido, en el calor del hogar. Papá Noel no vivía en un almacén atiborrado, sino en la sencillez de un abrazo. Este año, su deseo no fue material, quiso volver a recordar cómo poder encontrar esa Navidad en la que no se compra a tutiplen, la que se siente de verdad, la que realmente importa.
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