ADICCIÓN

El pequeño Leo dibujaba su carta a Papá Noel con el celo de un cartógrafo trazando un tesoro. Pero no era un mapa sino una lista que cada año crecía y crecía. Primero fueron un juego de construcción, la bici, después la consola; ahora, una bicicleta eléctrica, un dron y una estación meteorológica. La Navidad antes olía a canela, sonrisa e ilusión pura en su imaginación, ahora  huele a plástico nuevo y luces LED cegadoras. Su madre, miraba la lista con una mezcla de ternura y cansancio y recordaba sus Navidades de niña, el Belén y los Reyes Magos. Su alegría era un jersey tejido a mano, una muñeca y un libro. Pero ahora, la casa se convertía en un enorme escaparate de deseos insaciables, montañas de papel de regalo, cajas apiladas y una cuenta bancaria en caída libre. Se había convertido en la única forma de decir "te quiero", transacción obligada para no quedar mal.

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