EL CULTIVADOR DE ASTROS

Érase una vez, en un pequeño pueblo escondido entre montañas de color violeta y un jardinero que no cultivaba rosas ni girasoles, sino estrellas. Tenía un jardín mágico y por las noches plantaba pequeñas luces brillantes que caían del cielo cuando había lluvia de estrellas,  las cuidaba con agua de rocío. Cuando crecían, estas estrellas no se quedaban en el suelo, sino que se elevaban lentamente para iluminar los hogares de los vecinos que se sentían solos y tristes. Un día, la estrella más pequeña de todas no quiso subir y se quedó en la mano del jardinero que, con ternura, le preguntó por qué. La estrellita, con voz de campanilla, le dijo: "Tengo miedo a la inmensidad del cielo". Él sonrió y le respondió: "El cielo no es inmenso si llevas la luz de tu propia felicidad dentro". Ella entendió, brilló con más fuerza que nunca y voló tan alto que se convirtió en guía de todos los viajeros. "La felicidad, al igual que las estrellas, brilla más cuando se comparte".

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